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Resiliencia: Afrontando la adversidad de manera saludable



Hablamos de Resiliencia cuando queremos definir la capacidad que tiene una persona para afrontar la adversidad y lograr adaptarse bien a traumas, tragedias, amenazas o fuentes de estrés severo como pueden ser problemas de salud, problemas familiares, situaciones económicas precarias, etc. El término Resiliencia viene de la palabra Resilio que significa “rebotar”, entendiendo rebotar en el sentido de coger impulso tras una caída.

Ser resiliente no significa estar exento de sentir malestar emocional. Cualquier persona sufre cuando pierde a un ser querido, lo echan del trabajo sin esperarlo o le sobreviene una catástrofe natural, sufrimiento éste que viene acompañado de sensaciones de inseguridad y dolor emocional. Se trata de un camino complejo, desde el punto de vista del estado de ánimo, pero pese a ello la persona saca la fuerza suficiente que le ayuda a afrontar la situación, sobreponerse y adaptarse.

No se trata de una capacidad que se tenga o no se tenga, sino que son conductas, pensamientos y acciones que se pueden aprender y desarrollar a lo largo de la vida. Para ello será importante saber con qué potencial contamos y la actitud con la que enfrentemos las situaciones adversas.

¿Cuál será el punto de partida?
Aceptación. Debemos asumir lo trágico de la vida como parte de la misma, tomándonos nuestro tiempo para asimilar lo que ha pasado. Hay que asumir el dolor como parte del desarrollo, para así poder transcenderlo de manera que nos suponga un aprendizaje más en el camino del crecimiento personal.

Actitud Positiva. Al mal tiempo buena cara. Se trata de ver dentro de lo traumático, la oportunidad que nos hará renacer. Por ejemplo, si me despiden de mi trabajo sin previo aviso ni motivo aparente, tengo dos opciones; o me quedo hundido pensado que se ha cometido una injustica conmigo, o utilizo ese dolor para buscar un nuevo puesto donde tenga mejores condiciones y se me valore como trabajador.

Sin temor. Se trata de dejar atrás los miedos, buscando con ello ganar en confianza con uno mismo y con los demás. El miedo, aunque totalmente imprescindible como mecanismo de defensa de nuestro organismo, acaba siendo limitante si no ponemos el empeño en afrontarlo. Debemos permitirnos sentir emociones intensas sin temerlas ni huir de ellas. Hay que afrontar los problemas y buscar soluciones.

Las características principales de una persona resiliente son:
  • Saber aceptar la realidad tal y como les viene.
  • Creer profundamente de que la vida merece la pena vivirla, que tiene un sentido.
  • Gran capacidad para mejorar ante la adversidad.
  • Tienen habilidad de identificar la causa de los problemas impidiendo con ello que se vuelvan a repetir.
  • No pierden la atención en situaciones de crisis, logrando así un mayor control de sus estados emocionales.
  • En situaciones de alta presión saben controlar su impulsividad.
  • Parten de un optimismo real, es decir, saben que las cosas van a ir bien porque interpretan que todo es superable, pero sin negar las dificultades que encontrarán por el camino.
  • Tienen un alto nivel de autoestima, confían mucho en sus propias capacidades.
  • Su empatía está muy desarrollada. Leen con facilidad los estados emocionales de los demás.
  • Constantemente buscan seguir creciendo a través de nuevas oportunidades, retos o formas de relacionarse con los otros.
  • Se critican menos a sí mismos.
  • Utilizan el sentido del humor como aliado.
  • Están más satisfechas con sus relaciones.
  • Son emocionalmente más saludables, difícilmente se predisponen a ser depresivas.

Como ya hemos dicho, es una capacidad que se puede aprender y desarrollar, veamos entonces cómo podemos hacerlo:

Relacionándonos: Debemos tratar de cultivar un grupo de familiares y amigos cercanos, con en el que nos sintamos apoyados y escuchados. Este sentirnos protegidos por las personas que nos importan, nos ayudará a ser mucho más resilientes. Del mismo modo que el relacionarnos con personas a las que nosotros le podamos prestar dicho apoyo, como por ejemplo sería el caso de una acción de voluntariado solidario, resultará también un beneficio para nosotros mismos.

Pensando de manera constructiva: No podemos evitar que los acontecimientos desagradables aparezcan en nuestras vidas, pero si podemos cambiar la manera en como lo interpretamos y reaccionamos ante ellos. Pensemos para construir una vida mejor, no para estancarnos en el malestar. Evitemos ver las crisis como obstáculos insuperables.

Aceptando el cambio como parte de nuestra vida: Se trata de aceptar la realidad como nos viene dada. El negarse a aceptarla implica la no posibilidad de cambio, y necesitamos del mismo para evolucionar. Quizás las cosas no las podemos cambiar en el momento que queremos, pero no pasa nada, hay que tener paciencia y perseverancia. En esta espera deberemos poner atención en lo que sí podemos ir cambiando.

Planteándose metas alcanzables: Estableciendo pequeñas metas realistas que nos ayuden a ir acercándonos más al objetivo, conseguiremos ganar en confianza. Tratando de hacer algo con regularidad, por muy pequeño que sea, siempre será mejor que permanecer inmóvil.

Actuando de manera decisiva: Es mejor realizar una acción aunque los resultados esperados no sean lo que buscamos, que ignorar que tenemos un problema y mirar para otro lado, porque eso no hará más que acrecentarlo. Debemos perder el miedo a tomar decisiones firmes que nos ayuden a avanzar, da igual si tardamos más o menos en llegar, en algún momento encontraremos el camino.

Descubriéndose a uno mismo a través de la búsqueda de nuevas oportunidades: Hay una frase del dramaturgo Charles Dickens que lo resume muy bien “El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Cuando nos vemos en situaciones de tensión extrema el cuerpo despierta como si hubiese estado en letargo. Este despertar, implica la identificación de una fortaleza interna que no sabíamos que teníamos pero que al final se acaba convirtiendo en un medio idóneo para salir de este dolor emocional.

Siendo optimistas, sin idealizar o fantasear: Se trata de confiar en uno mismo y en sus capacidades, centrándose en la realidad que se vive. Ser optimista es esperar que las cosas positivas lleguen a tu vida, pero estas cosas no llegarán si no empezamos a construir sobre el presente.
Viendo las cosas desde cierta perspectiva: Tratemos de no centrarnos en el dolor intenso que sentimos cuando lo acontecido no lo esperábamos y consideremos la situación desde un contexto más amplio y flexible. Favoreceremos de este modo la eliminación de tensiones.

Aprendiendo de los problemas del camino: Los problemas son oportunidades de cambio, un descubrirnos ante la adversidad y por tanto, una posibilidad de desarrollo. El entenderlos como parte de nuestra vida nos hace madurar, cambiar nuestra opinión, y ver a la gente y al mundo de un modo más realista.

No perdiendo la esperanza: Se trata de visualizarnos en lo que queremos para nuestra vida, en vez de hacerlo en nuestros miedos. No perder la fe de que las cosas mejorarán.
Cuidando de uno mismo: Prestemos atención a nuestros deseos y necesidades. Hay que mimarse de vez en cuando, ayudará a afrontar las situaciones adversas de una manera más relajada.

Si queremos saber si somos personas resilientes o no, hagámonos preguntas como:
¿Qué sucesos de mi vida me han resultado más difíciles?
¿Cómo me han afectado estos sucesos?
¿Cuándo te sientes estresado qué pensamientos pasan por tu cabeza?.
¿Cuándo te has encontrado ante una situación adversa, a quién le has pedido ayuda?.
¿Cómo te reconoces en tu relación con los demás cuando te hayas en una situación difícil?
¿Te prestas a ofrecer apoyo a personas que han pasado por una experiencia similar a la tuya?.
¿Hay algún obstáculo que no hayas podido superar?.
¿Cómo superas las barreras emocionales que la vida te plantea?.
¿Albergas esperanzas de que las cosas cambien o te vienes abajo?.

¿Eres o no resiliente? ¿Ya tienes tu respuesta?

Autora: Ciara Molina. Psicóloga Emocional. Máster en Dirección de Recursos Humanos

El respaldo emocional en la infancia favorece el desarrollo cerebral

El respaldo emocional a una edad temprana ha demostrado ser muy importante en los primeros años de vida de los niños. Tanto a nivel emocional y afectivo como en el desarrollo del cerebro. El ambiente que rodea al niño es crucial para que aprenda a utilizar herramientas de regulación emocional y para que goce de una buena salud emocional en la infancia.


El sostén emocional permite que se construya entre el bebé y las personas encargadas de la crianza un vínculo estable de apego, que asegura la satisfacción de sus necesidades. Da la oportunidad de crear un lazo emocional íntimo. Esa estabilidad y previsibilidad en el vínculo con sus cuidadores le permiten construir una relación de apego seguro. Al margen de los beneficios evidentes de contar con un respaldo emocional adecuado, se han realizado diversos estudios para conocer el impacto de éste en todas las esferas. Tanto la salud mental del menor cómo la regulación de sus emociones se ven beneficiadas, pero además existen hallazgos sobre la influencia del respaldo emocional en el desarrollo del cerebro.


Respaldo emocional en la infancia
Durante la primera infancia, el niño carece de la capacidad de regular por sí mismo sus estados emocionales. El contacto, tanto físico como emocional, permite al niño establecer la calma en situaciones de necesidad. Con el tiempo va aprendiendo a regular por sí mismo las emociones, en ausencia de los cuidadores y desarrollando herramientas de regulación emocional. El vínculo temprano tiene un impacto directo en la organización cerebral. Hay que tener en cuenta que en el desarrollo de un niño influye la biología con la que nace, el contexto en el que se cría y la capacidad psíquica y mental que va constituyendo. Por lo que criarse en un ambiente enriquecido y lleno de estímulos externos favorecerá su maduración cerebral.

La infancia es un periodo sensible en el cual se desarrollan diferentes aspectos importantes y con impacto a largo plazo. En esta etapa comienzan a relacionarse con el entorno, y a recopilar nueva información, su cerebro está en pleno desarrollo. La neuroplasticidad se encuentra en su punto álgido y el ambiente va a determinar, en muchas ocasiones, la dirección y velocidad del desarrollo.

El desarrollo del hipocampo y el respaldo emocional: estudio científico
Se realizó un estudio dirigido por la doctora Luby con el objetivo de conocer el impacto que podía tener el respaldo emocional a nivel cerebral a largo plazo. Para ello se realizó un experimento en el que unos calificadores independientes observaban en un laboratorio a un niño de edad preescolar y a su madre en una situación estresante para él. En la situación experimental, el niño tenía un regalo a su alcance que no podía abrir, y en los 8 minutos en los que no se le permitía hacerlo se anotaban las conductas de respaldo ejecutadas por la madre. Posteriormente, se realizaron tres escáneres cerebrales a los niños que siguió a los niños hasta principios de la adolescencia.

El hipocampo de los hijos que recibieron más conductas de respaldo por parte de sus madres incrementó su volumen el doble de rápido que el hipocampo de los niños con las madres que mostraron menos conductas de respaldo. Según los autores, los resultados muestran que la trayectoria del crecimiento del hipocampo se ve afectada por la experiencia temprana de respaldo materno.

Conclusiones principales acerca del estudio
Se pueden extraer tres conclusiones sobre el estudio anteriormente mencionado. En primer lugar, el respaldo emocional tiene un impacto a largo plazo en el volumen del hipocampo. El hipocampo es un área cerebral que se encarga de funciones relacionadas con las emociones, con el aprendizaje y la formación de recuerdos, por lo que tiene implicaciones fundamentales en el desarrollo.

Existe un periodo sensible en el cual los altos niveles de respaldo emocional serán más influyentes en el desarrollo del hipocampo. Se encontró que es más importante y efectivo en la edad preescolar que en la escolar. Así, podemos concluir que no solo importa la cantidad de apoyo emocional que se le da al niño, sino el momento evolutivo en el que está.

Un desarrollo cerebral saludable conduce a una mejor salud emocional. En este sentido, el ambiente es crucial, tanto en el aprendizaje, como en el desarrollo físico y afectivo. Un hecho que no le quita importancia al condicionante genético, pero que pone de manifiesto el influyente papel que juega el entorno en el desarrollo de la arquitectura de nuestros cerebros. Una ventana de oportunidad que por ellos y porque les queremos nunca deberíamos cerrar.


Fuente: Lamenteesmaravillosa.com
Autora: Carolina López De Luis. Psicóloga, Máster y doctoranda en Neurociencias.