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Cerebro y Médula Espinal

El cerebro y la médula espinal forman el sistema nervioso central (SNC). El cerebro controla la forma en que pensamos, sentimos, aprendemos y nos movemos. También controla otras funciones en el cuerpo sin que tengamos que pensar en ello, como la respiración y el ritmo cardíaco. El cerebro está protegido por los huesos del cráneo.

La médula espinal se compone de nervios (sistema nervioso) que se extienden por a lo largo del tronco (columna vertebral). El cerebro manda mensajes a las partes del cuerpo que viajan a través de la médula espinal. Ésta se inicia en la base del cerebro y baja hasta parte baja de la espalda. Los huesos de la columna vertebral protegen la medula espinal.

El cerebro y la médula espinal están cubiertos y protegidos por tres capas de tejido (membranas) llamadas las meninges. La zona entre dos de estas capas se denomina el espacio subaracnoideo. Contiene un líquido llamado líquido cefalorraquídeo (LCR) que actúa como un cojín de protección para el cerebro. En él también circulan nutrientes para cerebro y elimina los productos de desecho.

Las células nerviosas (neuronas)
El cerebro está compuesto por miles de millones de células nerviosas, llamadas neuronas. Se comunican entre sí, y con otras partes del cuerpo mediante el envío de mensajes (impulsos nerviosos) a través de una red de nervios.

Las células nerviosas se mantienen y soportan con el apoyo de las células gliales. Hay diferentes tipos de células gliales, incluyendo astrocitos, oligodendrocitos y células ependimarias. A diferencia de otras células del cuerpo, las células nerviosas no pueden reemplazarse a sí mismas. Disminuyen gradualmente en número a medida que envejecemos.

 Fuente: oncohealth.eu

Pensamientos

                Feliz día de los enamorados❤🐞

Neurotransmisores: que son, tipos y funciones



Tipos de neurotransmisores: funciones y clasificación 

  Los neurotransmisores son sustancias químicas creadas por el cuerpo que transmiten señales (es decir, información) desde una neurona hasta la siguiente a través de unos puntos de contacto llamados sinapsis. Cuando esto ocurre, la sustancia química se libera por las vesículas de la neurona pre-sináptica, atraviesa el espacio sináptico y actúa cambiando el potencial de acción en la neurona post-sináptica. 

  Existen distintos neurotransmisores, cada uno de ellos con distintas funciones. De hecho, el estudio de esta clase de sustancias es fundamental para entender cómo trabaja la mente humana. En este artículo, revisaremos algunos de los neurotransmisores más significativos. 

Principales neurotransmisores y sus funciones 

  La lista de neurotransmisores conocidos ha ido aumentando desde los años 80, y en la actualidad se han contabilizado más de 60. 

  Esto no es extraño, teniendo en cuenta la complejidad y la versatilidad del cerebro humano. En él se producen todo tipo de procesos mentales, desde la gestión de las emociones hasta la planificación y creación de estrategias, pasando por la realización de movimientos involuntarios y el uso del lenguaje. 

  Toda esta variedad de tareas tiene detrás a muchas neuronas coordinándose entre sí para hacer que las diferentes partes del encéfalo funcionen de manera coordinada, y para ello es necesario que cuenten con un modo de comunicación capaz de adaptarse a muchas situaciones. 

  El uso de los diferentes tipos de neurotransmisores permite regular de muchos modos distintos la manera en la que se van activando unos u otros grupos de células nerviosas. Por ejemplo, cierta ocasión puede requerir que los niveles de serotonina bajen y los de dopamina suban, y eso tendrá una consecuencia determinada en lo que ocurra en nuestra mente. Así, la existencia de la gran variedad de neurotransmisores permite hacer que el sistema nervioso cuente con una amplia gama de comportamientos, lo cual es necesario para adaptarse a un entorno que cambia constantemente. 

  Pero, ¿cuáles son los neurotransmisores más importantes del organismo humano y qué funciones desempeñan? A continuación se mencionan los principales neuroquímicos. 

1. Serotonina 

  Este neurotransmisor es sintetizado a partir del triptófano, un aminoácido que no es fabricado por el cuerpo, por lo que debe ser aportado a través de la dieta. La serotonina (5-HT) es comúnmente conocida como la hormona de la felicidad, porque los niveles bajos de esta sustancia se asocian a la depresión y la obsesión. 

  Además de su relación con el estado de ánimo, el 5-HT desempeña distintas funciones dentro del organismo, entre los que destacan: su papel fundamental en la digestión, el control de la temperatura corporal, su influencia en el deseo sexual o su papel en la regulación del ciclo sueño-vigilia. 

  El exceso de serotonina puede provocar un conjunto de síntomas de distinta gravedad. 

2. Dopamina 

  La dopamina es otro de los neurotransmisores más conocidos, porque está implicado en las conductas adictivas y es la causante de las sensaciones placenteras. Sin embargo, entre sus funciones también encontramos la coordinación de ciertos movimientos musculares, la regulación de la memoria, los procesos cognitivos asociados al aprendizaje y la toma de decisiones 

3. Endorfinas 

  ¿Te has dado cuenta de que después de salir a correr o practicar ejercicio físico te sientes mejor, más animado y enérgico? Pues esto se debe fundamentalmente a las endorfinas, una droga natural que es liberada por nuestro cuerpo y que produce una sensación de placer y euforia. 

  Algunas de sus funciones son: promueven la calma, mejoran el humor, reducen el dolor, retrasan el proceso de envejecimiento o potencian las funciones del sistema inmunitario. 

4. Adrenalina (epinefrina) 

  La adrenalina es un neurotransmisor que desencadena mecanismos de supervivencia, pues se asocia a las situaciones en las que tenemos que estar alerta y activados porque permite reaccionar en situaciones de estrés. 

 En definitiva, la adrenalina cumple tanto funciones fisiológicas (como la regulación de la presión arterial o del ritmo respiratorio y la dilatación de las pupilas) como psicológicas (mantenernos en alerta y ser más sensibles ante cualquier estímulo). 

5. Noradrenalina (norepinefrina) 

  La adrenalina está implicada en distintas funciones del cerebro y se relaciona con la motivación, la ira o el placer sexual. El desajuste de noradrenalina se asocia a la depresión y la ansiedad. 

6. Glutamato 

  El glutamato es el neurotransmisor excitatorio más importante del sistema nervioso central. Es especialmente importante para la memoria y su recuperación, y es considerado como el principal mediador de la información sensorial, motora, cognitiva, emocional. De algún modo, estimula varios procesos mentales de importancia esencial. 

  Las investigaciones afirman que este neurotransmisor presente en el 80-90% de sinapsis del cerebro. El exceso de glutamato es tóxico para las neuronas y se relaciona con enfermedades como la epilepsia, el derrame cerebral o enfermedad lateral amiotrófica. 

7. GABA 

  El GABA (ácido gamma-aminobutírico) actúa como un mensajero inhibidor, por lo que frena la acción de los neurotransmisores excitatorios. Está ampliamente distribuido en las neuronas del córtex, y contribuye al control motor, la visión, regula la ansiedad, entre otras funciones corticales. 

  Por otro lado, este es uno de los tipos de neurotransmisores que no atraviesan la barrera hematoencefálica , por lo cual debe ser sintetizado en el cerebro. Concretamente, se genera a partir del glutamato. 

8. Acetilcolina 

  Como curiosidad, este es el primer neurotransmisor que se descubrió. Este hecho ocurrió en 1921 y el hallazgo tuvo lugar gracias a Otto Loewi, un biólogo alemán ganador del premio Nobel en 1936. La acetilcolina ampliamente distribuida por las sinapsis del sistema nervioso central, pero también se encuentra en el sistema nervioso periférico. 

  Algunas de las funciones más destacadas de este neuroquímico son: participa en la estimulación de los músculos, en el paso de sueño a vigilia y en los procesos de memoria y asociación. 

Clasificación de los neurotransmisores 

  Los neurotransmisores pueden clasificarse de la siguiente manera: 

· Aminas: Son neurotransmisores que derivan de distintos aminoácidos como, por ejemplo, el triptófano. En este grupo se encuentran: Norepinefrina, epinefrina, dopamina o la serotonina. 

· Aminoácidos: A diferencia de los anteriores (que derivan de distintos aminoácidos), éstos son aminoácidos. Por ejemplo: Glutamato, GABA, aspartato o glicina. 

· Purinas: Las investigaciones recientes indican que las purinas como el ATP o la adenosina también actúan como mensajeros químicos. 

· Gases: Óxido nítrico es el principal neurotransmisor de este grupo. 

· Péptidos: Los péptidos están ampliamente distribuidos en todo el encéfalo. Por ejemplo: las endorfinas, las dinorfinas y las taquininas. 

· Ésteres: Dentro de este grupo se encuentra la acetilcolina. 

Su funcionamiento 

   No hay que olvidar que, a pesar de que cada uno de los tipos de neurotransmisores pueda ser asociado a ciertas funciones en el sistema nervioso (y, por lo tanto, a ciertos efectos a nivel psicológico), no se trata de elementos con intenciones y un objetivo a seguir, de modo que sus repercusiones en nosotros son puramente circunstanciales y dependen del contexto. 

  Dicho de otro modo, los neurotransmisores tienen los efectos que tienen porque nuestro organismo ha evolucionado para hacer de este intercambio de sustancias algo que nos ayuda a sobrevivir, al permitir la coordinación de diferentes células y órganos del cuerpo. 

  Por eso, cuando consumimos fármacos que emulan el funcionamiento de estos neurotransmisores, muchas veces tienen efectos secundarios que incluso pueden ser todo lo contrario del efecto esperado, si interactúan de manera anómala con las sustancias que ya hay en nuestro sistema nervioso. El equilibrio que se mantiene en el funcionamiento de nuestro cerebro es algo frágil, y los neurotransmisores no aprenden a adaptar su influencia en nosotros para cumplir con la que se supone que es "su función"; de eso debemos preocuparnos nosotros. 

Referencias bibliográficas: 

· Gómez, M. (2012). Psicobiología. Manual CEDE de Preparación PIR.12. CEDE: Madrid. 

· Guyton-Hall (2001). Tratado de Fisiología Médica.10ª ed., McGraw-Hill-Interamericana. 

· Pérez, R. (2017). Tratamiento farmacológico de la depresión: actualidades y futuras direcciones. Rev. Fac. Med. (Méx.), 60 (5). Ciudad de México. 


Autor: Jonathan García Allen 

pensamientos



  Lo externo a ti te afecta en la medida en que lo permitas. Hay circunstancias que requieren de tu intervención y conexión con el problema, pero de no ser así, ciérrale la puerta y mantén tu paz interior.

Traumas en la niñez y depresión en el adulto


  Ninguna etapa es más intensa, maravillosa y vulnerable a la vez, que nuestra infancia. Esas primeras experiencias marcan por siempre no solo gran parte del rumbo de nuestra vida, sino también, la visión que tenemos de ella. El vínculo que establecemos con nuestros cuidadores, con esos padres que nos guían, cuidan y arropan, nos ofrecerán los pilares de nuestro desarrollo para crecer con seguridad y autonomía. 

  Pero si algo falla, si el escarpelo de la violencia, de la desgracia o la casualidad aparece en nuestra vida cortando el rumbo de esa infancia, la huella se quedará ahí por siempre. Es un hecho, una realidad. Y como niños, como personas que aún no somos capaces no solo de defendernos, sino tampoco de comprender por qué existe la maldad o la tragedia, habremos de digerirlo con toda su dificultad y gravedad. 

  Los psiquiatras llaman a estas situaciones “estrés precoz”, hechos ocasionados por traumas físicos o emocionales que van a alterar en gran parte el rumbo de nuestro desarrollo y nuestra madurez. La herida va a quedar en nuestro cerebro, ese pico tan grave de estrés y sufrimiento deja su lesión, provocando que, llegada la edad adulta, tengamos más riesgos de desarrollar algún tipo de depresión. 

La falta de afecto en la infancia, una de las mayores causas de la depresión 

  En ocasiones, no hace falta que lleguemos a extremos tan lamentables como un abuso o el maltrato infantil. Muchas veces, esos niños que crecen sin arraigo familiar o con unos padres que no han sabido, o no han querido estrechar ese vínculo imprescindible con sus hijos, provoca que se llegue a la madurez con muchas carencias, con muchas faltas. 

  Una infancia saludable, feliz e íntegra, hace que el niño crezca sabiendo que es querido, que cada uno de sus pasos, de sus decisiones y de sus fallos, van a disponer del apoyo incondicional y único que es su familia. El desarrollo de su autoestima irá a la par del afecto de los suyos. Su autoconcepto será además positivo, porque es el reflejo de lo que hasta el momento, siempre ha encontrado. 

  Pero si solo encuentra vacíos, desprecios y reproches, el niño crecerá no solo con una marcada inseguridad, sino también con cierto rencor e incluso con desconfianza. ¿Cómo hacerlo? Si quienes debieron haberle ofrecido un apoyo y un cariño incondicional solo le dieron frialdad y rudeza, es complicado que alcance una unión saludable con otra persona. Que desconfíe y tema. 

Superar una infancia difícil 

  Los psiquiatras hablan de “la vulnerabilidad biológica”. Es decir, todas esas experiencias traumáticas o negativas del pasado han quedado incrustadas en nuestra experiencia y también a nivel cerebral. Las altas tasas de estrés modelan y cambian muchas de nuestras estructuras más profundas, y todo ello nos hace personas más frágiles. Personas más proclives a sufrir una depresión llegada la edad adulta. 

  Pero ahora bien, ¿quiere esto decir que todos los que hayan sufrido un trauma en la infancia, van a padecer obligatoriamente una depresión? La respuesta es no. 

 Cada uno de nosotros vamos a afrontar nuestro pasado traumático de un modo, puede que para algunas personas dichos eventos del pasado sean un revulsivo que superar y por el que luchar día a día. Algo que asimilar, aceptar y afrontar para que la vida le de una nueva oportunidad, y ser feliz de nuevo. 

 En cambio, para otras personas esa predisposición biológica y emocional seguirá pesando demasiado. No solo se va a tratar de un recuerdo persistente, sino que puede influir en su forma de relacionarse con el mundo. 

  Pueden ser personas que han perdido la confianza con sí mismas y con todo lo que les rodea. Les cuesta mantener amistades e incluso relaciones afectivas. Exigen cariño, pero son incapaces de aceptarlo por que siguen temiendo ser traicionadas, ser heridas. 

  Son perfiles donde puede quedar implícita un tipo de ansiedad crónica, una hipersensibilidad y una vulnerabilidad emocional con la que luchar cada día. La felicidad en estos casos tiene un alto precio, entonces ¿cómo afrontarlo? Obviamente, con esfuerzo, voluntad y mucho apoyo social. 

  Vistas todas estas realidades, solo cabe recordar la importancia de seguir protegiendo la infancia. Nunca pienses que un niño es un adulto en miniatura. Un niño es una persona hambrienta de emociones positivas, necesitada de experiencias llenas de afecto incondicional, de palabras y vínculos. 

  Un niño no es un adulto que pueda comprender por qué otros adultos puedan tratarlo mal. Tampoco puede defenderse. Lo que ocurra en esas edades, habrán de marcarlo por siempre. No lo olvides. Cuida siempre de los más pequeños, y si eres tú quien sufrió una infancia complicada, recuerda que la felicidad no está vetada para nadie, y que merece la pena aceptar, superar y vivir de nuevo.
  
Fuente: lamenteesmaravillosa.com