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Flexibilidad Cognitiva: Su promoción en la Infancia






¿Qué entendemos por flexibilidad cognitiva? ¿Qué importancia tiene esta función cognitiva?


 Existen múltiples definiciones sobre flexibilidad cognitiva, dependiendo de la perspectiva teórica que fundamente esa definición. Desde el constructo teórico denominado funciones ejecutivas (FE), la flexibilidad cognitiva es uno de los tres componentes bás icos, junto al control inhibitorio y a la memoria de trabajo, responsable del control ejecutivo . 
 Esta tríada es la base de otras funciones más complejas como la planificación, la resolución de problemas, la organización, la fluidez y la metacognición. Si bien, no existe un claro consenso teórico sobre el constructo “funciones ejecutivas”, lo cierto es que la mayoría de los investigadores sostienen que se trata de un conjunto de procesos de control cognitivo, interrelacionados e interdependientes, que trabajan articuladamente para regular la dinámica de los pensamientos, comportamientos y emociones necesarios para alcanzar objetivos, lograr metas y resolver problemas.
 Son esenciales para la resolución de problemas orientados a metas y para el aprendizaje en el aula, especialmente importantes para el ingreso a la educación inicial. Si bien las funciones ejecutivas emergen conjuntamente, su curso evolutivo progresa desde un estado de mayor indiferenciación hacia uno de mayor diferenciación y cada función sigue un curso gradual y progresivo, marcando una trayectoria individual. 
 Específicamente, la flexibilidad cognitiva, es una habilidad compleja que implica cambiar la atención de un paradigma perceptual a otro con el fin de adaptar la actividad mental y el comportamiento de acuerdo con las demandas del ambiente. Esta función permite a la persona considerar una situación desde una perspectiva nueva o diferente, o alternar con facilidad y rapidez entre diferentes perspectivas y ajustarse rápidamente al cambio en función de las demandas o prioridades. Esto posibilitaría razonar de modo no convencional. Por esta razón se sostiene que la flexibilidad cognitiva posibilitaría afrontar diferentes situaciones o demandas del contexto con cierto nivel de creatividad.
 Claramente, la flexibilidad de pensamiento involucra necesariamente a otros procesos de control cognitivo, tales como el control inhibitorio, la memoria de trabajo, la atención selectiva, el cambio atencional, los cuales intervienen en forma conjunta cuando el individuo debe pensar diferentes hipótesis ante una determinada situación o bien formar nuevos conceptos o establecer relaciones entre situaciones pasadas y presentes y proyectarlas hacia el futuro. Así, hace un poco más de tres décadas, Norman y Shallice (1986) presentaron un modelo teórico de la atención, denominado Sistema Atencional Supervisor (SAS), el cual propone que todo comportamiento humano es mediatizado por esquemas mentales, los cuales permiten especificar los inputs sensoriales y regular las respuestas. El SAS, provee el control flexible a corto plazo para hacer frente a tareas novedosas o complejas, donde no existe una solución conocida y por tanto es necesario inhibir respuestas habituales, planificar y tomar decisiones.
 Las fallas en el SAS se manifiestan a través de conductas que, son la antítesis del control flexible, y se caracterizan por comportamientos perseverativas, rigidez de pensamiento, impulsividad y distracción . Por esta razón, se sostiene que la persona con una adecuada flexibilidad de pensamiento, será capaz de cambiar el centro de su atención rápidamente de acuerdo con los cambios o variaciones según las circunstancias o necesidades,  ajustándose a las exigencias o prioridades que demanda la situación. 
 En un estudio realizado por nuestro equipo, se describieron y analizaron variables socioafectivas y cognitivas en niños y en sus cuidadores en contextos de riesgo social, con el objetivo de detectar y fortalecer recursos psicológicos y familiares dirigidos a prevenir factores de riesgo por vulnerabilidad familiar. Se trabajó con una muestra no probabilística de carácter intencional, compuesta por 158 niños y niñas y 91 padres - madres o cuidadores. El grupo evaluado perteneció a una escuela que recibe población de zonas periféricas y socialmente vulnerables . Específicamente, se quiso indagar sobre las variables vinculadas a las funciones parentales, la resiliencia y la flexibilidad cognitiva. La hipótesis de trabajo sostuvo una asociación entre la flexibilidad cognitiva, la resiliencia y las modalidades de ejercer el rol de padre y madre, aspectos que podrían funcionar como un recurso para aumentar o disminuir la vulnerabilidad familiar, generando riesgo para la generación de diversas problemáticas, entre ellas la violencia. En la evaluación de los niños, los resultados señalaron que hubo una correlación positiva entre la flexibilidad cognitiva y los puntajes de resiliencia (R=0.245 p=0.005), lo cual reafirma que la resiliencia es un proceso que no sólo está íntimamente vinculado a variables de naturaleza afectiva, sino también a factores cognitivos considerados fundamentales para el funcionamiento competente. 
 En este punto, se destaca que hubo mayor relación entre la flexibilidad cognitiva y las habilidades de solución de problemas, es decir factores protectores internos (R=0.260 p=0.002). Este hallazgo coincide con estudios previos que indican que aquellos niños que poseen capacidad para poder cambiar de perspectiva y ver las situaciones de varias maneras tienen mayor probabilidad para poder transformar positivamente ciertas adversidades y convertirlas en recursos, ya que la generación de alternativas es un importante aspecto de la resiliencia. 
 Asimismo, se observó que la flexibilidad cognitiva se relacionó con el tipo de apoyo que tienen los niños, es decir con factores protectores externos (R=0.236 p=0.005). Por lo tanto, podemos afirmar como lo han señalado otros autores, que las intervenciones en contextos de vulnerabilidad social deben enfocarse prioritariamente en diversos aspectos entre los que se encuentra el reducir la violencia en la comunidad, pero también se debe alentar las relaciones con adultos que se tornen significativos, lo cual contribuiría a amortiguar el alto riesgo de los menores. 
 En síntesis, podemos acordar que la flexibilidad cognitiva hace referencia a la capacidad de los individuos para elaborar una representación mental de las relaciones entre los elementos que componen una situación, introducir variaciones y correcciones si fuese necesario, atendiendo a las características y demandas del contexto. Por ello, es una habilidad 4 importante de promover en los adultos, pero más aún en la infancia, ya que es la base para el desarrollo de un comportamiento autorregulado , creativo y adaptable a las situaciones cambiantes del ambiente.


¿Por qué es importante su desarrollo en la infancia?

 La flexibilidad cognitiva se desarrolla de forma gradual durante la infancia. Durante la adolescencia este proceso sigue un curso gradualmente progresivo y su desarrollo dependerá de múltiples factores neuropsicológicos y socio-contextuales. 
 Claramente emerge durante la temprana infancia, alrededor de los 3 -4 años de edad. A esta edad, niños y niñas muestran un cambio muy importante en los procesos básicos de funcionamiento ejecutivo, lo que trae aparejado un paulatino incremento en sus capacidades para flexibilizar su pensamiento. 
 Varios modelos teóricos han proporcionado una base conceptual para explicar los procesos cognitivos de flexibilidad en niños de 3 a 5 años. En este rango de edad, la flexibilidad de pensamiento suele evaluarse con tareas de clasificación de tarjetas, en la cual los niños y las niñas tienen que ordenar tarjetas bidimensionales (por ejemplo, color y forma) primero de acuerdo con una dimensión, por ejemplo, color y luego de acuerdo con la otra dimensión, es decir forma. Después de ordenar las tarjetas según la primera dimensión se les pide a los niños que clasifiquen la tarjeta según la segunda dimensión (fase posterior al cambio). Antes de los 4 años de edad, la tarea estándar de clasificación de tarjetas se caracteriza por una falla constante en la fase posterior al cambio, es decir los niños más pequeños perseveran en la clasificación de las tarjetas según el primer criterio (por ejemplo, color). Los niños de tres años pueden no tener suficientes habilidades de reflexión para manipular las reglas y cambiar de una a otra.
 A partir de los 4 años de edad en adelante, los niños y niñas logran cambiar a una nueva regla, ya que ya no dan respuestas perseverantes basadas en el criterio anterior. En el estudio muy interesante realizado por Mennetrey y Angeard (2018), intentan comprender si la transición clave que se produce entre los 3 y los 4 años hacia un comportamiento más flexible está relacionada con un cambio conceptual (re-descripción de una tarea) o con una mejora en la función ejecutiva. Concluyeron que la forma en que se muestran las dimensiones en las tarjetas de prueba (re-descripción de una tarea) 5 parece contribuir a mejorar la flexibilidad cognitiva en los niños de esta edad. 
 Un estudio realizado en la ciudad de Mar del Plata, Argentina, indagó las relaciones entre el desarrollo de la flexibilidad cognitiva y de la memoria de trabajo en un grupo de niños de 6 a 9 años de edad. Los resultados mostraron una correlación significativa entre la flexibilidad cognitiva y la memoria de trabajo. Los niños de 9 años mostraron mejorías significativas respecto de los niños de 6 años, lo cual aporta evidencia a favor de que el período clave para el desarrollo de estas capacidades es entre los 6 y los 9 años de edad. 
 Por otra parte, en un estudio reciente realizado por Coni, Ison & Vivas (en prensa), se utilizó dos tareas de categorización para evaluar la flexibilidad conceptual en niños de escuelas primarias de 6 a 11 años de Mar del Plata, Argentina. Los hallazgos indican que la flexibilidad conceptual aumenta a los 8-9 años en la tarea de categorización con la menor demanda ejecutiva y a los 10-11 años en la tarea de categorización con la mayor demanda ejecutiva gracias a la aparición de respuestas taxonómicas. 
 Alrededor de los 12 años de edad, se observa que la flexibilidad cognitiva presenta un importante desarrollo, junto con otras funciones cognitivas como la resolución de problemas y la memoria de trabajo, produciéndose un intenso desarrollo entre los 15 y 19 años de edad. En suma, la flexibilidad cognitiva, al igual que las demás funciones de control cognitivo, siguen un desarrollo progresivo a lo largo de la infancia y adolescencia y el curso de esta trayectoria puede verse afectado por experiencias tanto positivas como negativas. 
 Así, las condiciones de desventajas a nivel socio-afectivo y la falta de oportunidades socioeconómico-culturales en la infancia se asocian con un desempeño débil de las funciones cognitivas. En tanto, el cuidado y apoyo socio-afectivo, la calidad y calidez de los vínculos tempranos y redes de apoyo, la educación temprana de alta calidad y la práctica continua pueden ayudar a un despliegue saludable de estas funciones, importantes en el desempeño escolar.


¿Cómo podemos estimular el desarrollo de la flexibilidad cognitiva en niños y niñas?

 Se sabe que las funciones ejecutivas, entre ellas la flexibilidad cognitiva, son factibles de ser entrenadas y mejoradas en cualquier etapa del desarrollo, por medio de procedimientos y prácticas adecuadas. Por consiguiente, promover el desarrollo de estas funciones debería ser una prioridad educativa. Los niños y niñas con un desempeño adecuado para la edad de desarrollo, podrán, con mayor probabilidad, sostener su atención, recordar y seguir las reglas, controlar sus impulsos, esperar su turno y considerar con flexibilidad ideas nuevas y perspectivas diferentes. 
 Obviamente, que estas funciones operan con mayor nivel de eficiencia si las actividades escolares propuestas resultan motivantes e interesantes para el niño o niña. Un creciente cuerpo de evidencia científica realizada a nivel nacional e internacional, dan cuenta de la importancia de favorecer el desarrollo de la flexibilidad cognitiva junto al resto de las funciones de control cognitivo, mediante actividades específicamente diseñadas para tal fin. Estas actividades brindan a los niños oportunidades para practicar, a niveles de desafío creciente, sus habilidades cognitivas en desarrollo. 
 A corta edad, los niños y niñas pueden ejercitar la flexibilidad cognitiva mediante actividades motivantes que implican jugar mentalmente con ideas, tomarse un tiempo para pensar antes de actuar, pensar y narrar finales diferentes a cuentos conocidos, proponer situaciones imprevistas y analizar cómo se resolverían, aprender a tocar un instrumento musical, recordar las secuencias que tienen que tocar, etc. Estas y otras actividades promoverán la flexibilidad de pensamiento, la memoria de trabajo, el control inhibitorio, la planificación y la organización, funciones que influyen favorablemente sobre el desempeño escolar . 
 Algunas preguntas guían futuras investigaciones, una de ellas es hasta qué punto los beneficios de la capacitación de estas funciones cognitivas se transfieren a nuevas situaciones . Otro aspecto que merecería mayores investigaciones es qué características deberían tener las actividades empleadas para la estimulación de las funciones, a fin de analizar las ganancias específicas sobre cada proceso socio - cognitivo. 7 Los estudios realizados por Philip Zelazo y su equipo, proponen complementar la capacitación directa de las funciones cognitivas con actividades para estimular la reflexión, esto facilitaría la transferencia hacia nuevas situaciones, al inducir el conocimiento metacognitivo. Estas intervenciones, a menudo requieren que los niños hagan una pausa momentánea y reflexionen antes de responder: en otras palabras, monitorear su cognición y su comportamiento. La práctica de la reflexión y de la flexibilidad cognitiva ante la resolución de problemas, contribuiría a favorecer el desarrollo de las competencias sociales en la infancia.
 Así, la flexibilidad cognitiva es fundamental para la solución creativa de problemas. Los niños/as en edad escolar afrontan un sinnúmero de situaciones, muchas de las cuales pueden representar un problema. Un problema se presenta cuando la persona no sabe qué serie de acciones llevar a cabo para arribar a la solución. Con el ingreso al sistema escolar los niños comparten, en mayor medida, actividades sociales y académicas con pares y adultos y se ven cotidianamente expuestos a problemas interpersonales y a situaciones que demandan una eficaz autorregulación emocional. Un problema interpersonal implica una interacción social en la que participan dos o más personas en la cual los deseos, necesidades, objetivos o metas de alguna/s de las personas participantes no concuerdan con los deseos y/o objetivos de las otras personas involucradas en la interacción. 
 Diversas investigaciones sostienen que los escolares con mejor flexibilidad cognitiva tienden a resolver los problemas interpersonales de manera menos hostil, inhibiendo comportamientos disruptivos, en la medida en que pueden pensar varios “caminos” o alternativas para llegar a la solución menos conflictiva. Desde el ámbito familiar y escolar se puede estimular el pensamiento alternativo, el pensamiento consecuencial y la toma de decisiones, mediante preguntas que promuevan en el niño o niña pensar otras maneras de reaccionar frente a determinadas situaciones, otras formas de conceptualizar un problema o bien, otras maneras para tratar de superar un problema.
 Todas estas habilidades cognitivas, favorecerán la reflexión y la metacognición. Evidentemente, en la infancia todas estas habilidades necesitan de una “asistencia andamiada” , es decir el adulto debe acompañar al niño en la comprensión de un acontecimiento y no en el mero hecho de su reproducción de un modo determinado.

 Por otra parte, ser flexible no es cambiar por cambiar la forma de resolver una situación conflictiva, sino, hacerlo cuando resulta necesario, empleando una serie de habilidades socio-afectivas y metacognitivas. El trabajo conjunto con padres y docentes, más allá de brindar a estos adultos herramientas específicas para interactuar efectivamente con el niño, promueve en ellos un cambio de actitud hacia el proceso de enseñanza-aprendizaje, generando mayor compromiso y cooperación. Adultos responsables y comprometidos podrán ayudar al niño a compensar sus dificultades y a ejercitar sus talentos. Por su parte, este modelo de abordaje psicoeducativo se enriquece si el trabajo se realiza en forma conjunta entre los profesionales, padres y docentes, con el fin de fortalecer los recursos cognitivos, afectivos y sociales en el escolar. 
 Sin embargo, la eficacia de estos programas dependerá de la modalidad de implementación, es decir, existen mayores probabilidades de éxito si los mismos son aplicados de manera sistemática y sostenida en el tiempo y si resultan significativos para las actividades cotidianas del niño y la niña. Como afirmaba Vigotsky (1981), el aprendizaje despierta una serie de procesos evolutivos internos capaces de operar sólo cuando el niño está en interacción con las personas de su entorno y en cooperación con algún semejante. Una vez que se han internalizado estos procesos se convierten en parte de los logros evolutivos independientes del niño.



Fuente: CONICET



Descontrol de los impulsos




  El descontrol de impulsos es un tema importante que aborda los trastornos relacionados con la dificultad para controlar las emociones y conductas en ciertas situaciones. Estos trastornos pueden tener un impacto significativo en la vida de las personas y es fundamental comprender sus causas y buscar tratamientos adecuados.

  Uno de los trastornos más conocidos en esta temática es el trastorno explosivo intermitente, que se caracteriza por episodios de explosiones de ira incontrolables. Durante estos episodios, la persona puede tener comportamientos agresivos o violentos. Otros trastornos del control de impulsos incluyen el trastorno de conducta disruptiva, el trastorno de juego y el trastorno de compra compulsiva.

  La causa exacta de estos trastornos puede variar, pero se cree que factores genéticos, ambientales, neuroquímicos y psicológicos pueden desempeñar un papel importante. Por ejemplo, algunos estudios sugieren que la disfunción en ciertas áreas del cerebro puede contribuir al descontrol de impulsos.

  El tratamiento para los trastornos del control de impulsos puede incluir terapia psicológica, medicación y apoyo familiar. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser efectiva en el manejo de estos trastornos, al ayudar a las personas a identificar y cambiar patrones de pensamiento y comportamiento negativos.

A continuación, se presenta una bibliografía que puede ser útil para obtener más información sobre la temática del descontrol de impulsos:

1. APA - American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5th ed.). Washington, DC: American Psychiatric Association.

2. Grant, J. E., Odlaug, B. L., & Chamberlain, S. R. (2016). Impulsive action and impulsive choice across substance and behavioral addictions: Cause or consequence? Addictive Behaviors, 59, 42-50.

3. Potenza, M. N. (2008). The neurobiology of pathological gambling and drug addiction: An overview and new findings. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 363(1507), 3181-3189.

4. Chamberlain, S. R., & Sahakian, B. J. (2007). The neuropsychiatry of impulsivity. Current Opinion in Psychiatry, 20(3), 255-261.

Pantallas e infancia: ¿qué comprenden los niños hasta los 3 años?

 




  Mucho se ha dicho sobre la sobrexposición a pantallas, sus efectos y la recomendación de reducir la cantidad de tiempo que los niños y niñas están frente a dispositivos tecnilógicos.  Sin embargo, otra cuestión no menos importante emerge de este fenómeno: ¿cuánto comprenden realmente los más chicos al interactuar con estas herramientas?

  “Que los niños y niñas manipulen estos dispositivos desde muy pequeños, elijan videos, los observen, reconozcan personajes e incluso salteen publicidades no es sinónimo de que comprendan las imágenes y puedan aprender de ellas”, aseguró Mariana Sartori, doctora en Psicología e investigadora en la Universidad Abierta Interamericana.

“Para aprender de las tecnologías es necesario comprender simbólicamente las imágenes proyectadas. Es decir, entender que aquello que se observa en la imagen representa algo que puede existir en la realidad, y esto a edades tempranas es todo un desafío”, agregó.

  Pero, ¿de qué se trata la comprensión simbólica? La misma “implica que el niño o niña vea al objeto en sí mismo y a través de él aquello que representa. Así, la comprensión de un objeto simbólico implica cierta flexibilidad cognitiva, que permita mantener activas y de manera simultánea dos representaciones mentales: la del objeto y la de aquello que representa, estableciendo relaciones entre una y otra”.

  La especialista sostuvo que según concluyó en su tesis doctoral -dirigida por la Dra. Olga Peralta y donde participaron 400 madres, padres y adultos responsables y más de 120 niños y niñas de entre dos y tres años- “que a edades muy tempranas (antes de los tres años) las tablets resultan más interesantes por lo que son y no por lo que evocan”.

  diferencias se observan, mínimamente, luego de los tres años. “Si bien los niños y las niñas manipulan el dispositivo, no logran emplear la imagen con fines simbólicos y entender que es una representación de otra cosa que puede emplearse con fines determinados. Los niños y las niñas pudieron utilizar simbólicamente una tablet a los tres años y sólo bajo ciertas condiciones: cuando un adulto guiaba explícitamente y no se enfatizaba como un juego”, amplió la experta a Clarín.

Las ventajas de los nativos digitales: ¿mito o realidad?

  “Maneja el celular prácticamente desde que nació”, “usa la tablet mejor que yo”, “desde que es bebé mira videos en la computadora”. Es común escuchar estas frases de padres y madres que creen ver en los niños y niñas actuales una suerte de especialistas autodidactas en lo que a tecnología se refiere.

  Sartori, que también es docente de la Universidad Nacional de Rosario y becaria doctoral en el Instituto Rosario de Investigaciones en Ciencias de la Educación-IRICE, perteneciente al CONICET, señaló que aunque “muchos adultos tienden a pensar que los niños y las niñas comprenden espontáneamente las tecnologías, que los nativos digitales corren con cierta ventaja en este sentido, planteado en estos términos eso es un mito”.

  No existe un mecanismo automático entre la visualización y el entendimiento a edades tempranas. “Las imágenes proyectadas por dispositivos tecnológicos son símbolos y su comprensión implica un complejo proceso en que intervienen muchos factores como la edad, la experiencia previa del niño o niña, las características particulares de las imágenes que se proyectan y el contexto, entre otros”.

  Si bien es innegable que, a diferencia de generaciones previas, en la actualidad chicos y chicas crecen e interactúan con estas herramientas desde muy temprano, “ello no es sinónimo de que las comprendan intuitiva o espontáneamente”.

Seis afirmaciones sobre los chicos y los tiempos de pantallas

  Ciertas investigaciones demostraron que un uso excesivo se asocia a mayores riesgos de sobrepeso y trastornos del sueño, e impacta negativamente en el desarrollo del lenguaje y en las habilidades emocionales.A diferencia de los libros tradicionales, se observa que los niños y las niñas utilizan los dispositivos tecnológicos en soledad, sin compañía adulta.La Asociación Americana de Pediatría, la Organización Mundial de la Salud y la Sociedad Argentina de Pediatría clásicamente recomendaron que menores al año y medio no usen pantallas, y que los niños y las niñas de entre un año y medio y cinco no excedan una hora diaria.La recomendación es que el tiempo de pantallas no reemplace la interacción social, el juego, la actividad física y las horas de sueño.

  Las pantallas experimentaron ciertos cambios en tiempos de pandemia. A partir del aislamiento, los dispositivos tecnológicos se transformaron en grandes aliados para comunicarnos con nuestros seres queridos, trabajar, ir a clases y distraernos, aumentando las horas de uso.En la actualidad los organismos de salud enfatizan la importancia del acompañamiento adulto, de revisar la calidad de los contenidos, y no sólo la cantidad de tiempo

Fuente: clarin.com

Agresividad en la infancia: 9 causas y 9 soluciones


Qué hacer si mi hijo muestra una conducta agresiva de forma reiterada

Algunos niños muestran un comportamiento agresivo en determinados momentos, son conductas mediante las cuales demuestra hostilidad hacia los demás bien sea a través de insultos, gritos o amenazas, o bien, a través de conductas que entrañan una violencia física.

Causas y soluciones a la agresividad infantil
Existen muy distintas razones por las que un niño puede actuar de forma violenta o tener un comportamiento agresivo en determinados momentos:


1. Propio carácter del niño

Causa: el temperamento del niño juega un papel importante en la demostración de estas conductas agresivas. Se trata de esa forma de ser que es intrínseca al niño y que muestra casi desde el momento de su nacimiento. Y es que, hay niños que nacen ya con una predisposición a que, entre los rasgos de su personalidad, la conducta agresiva sea uno de ellos.
Solución: es fundamental apoyar a los niños afectados en el aprendizaje de conductas alternativas, controlando sus impulsos agresivos y antisociales, fortaleciendo sus habilidades sociales y tratando los trastornos que los acompañan. Los padres también han de participar en programas terapéuticos para poder ayudar a sus hijos a canalizar sus emociones.


2. La educación que recibe

Causa: la educación y las experiencias que vive un niño a lo largo de su infancia asimismo modelan su personalidad. Todo aquello que viva a lo largo de su vida tendrá un impacto sobre su carácter. De tal manera, que si el niño crece en un entorno donde hay gritos constantes, faltas de respeto, lenguaje agresivo o violencia física, es más probable que es ejemplo impacte sobre su propia conducta.
Solución: el ambiente dentro del cual el niño se desarrolla tiene una influencia, a veces decisiva, sobre su propio comportamiento, por lo tanto, ante una situación de hostilidad en el seno de la familia, es necesario revisar las conductas de los progenitores, si es necesario, con apoyo psicoterapéutico para aprender a gestionar las situaciones del día a día.


3. Falta de afecto en la familia

Causa: los niños necesitan sentirse amados, protegidos y apoyados por sus padres, o a falta de ellos, por las personas que los están criando. Por lo tanto, cuando un niño crece en una situación de privación de afecto,  esto puede tener un impacto desarrollando una conducta más hostil hacia los demás.
Solución: para un niño, el amor de sus padres y su entorno social y familiar es fundamental para crecer sin preocupaciones y convertirse en un adulto feliz. Es por ello que, si el niño sufre de falta de cariño, es extremadamente importante llenar ese vacío para poder garantizar que tenga un desarrollo saludable y poder evitarle numerosos trastornos psicológicos


4. Niños que viven situaciones de conflicto

Causa: según los expertos, los niños que tienden a tener una conducta más agresiva suelen ser aquellos que sufren o han sufrido en la infancia situaciones delicadas como un divorcio complicado, abandono, fallecimiento de uno de los progenitores, etc. También aquellos que han sufrido malos tratos por parte de sus padres, otros familiares o personas con las que mantienen cierta dependencia como educadores o profesores.
Solución: el castigo físico o la violencia verbal ni es terapéutico para el que lo produce, ni pedagógico para el que lo recibe. Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo. Por lo tanto, el cachete, el azote o los insultos no deben ser usados como método educativo en ningún caso.


5. Niños con trastorno de comportamiento

Causa: algunos niños hiperquinéticos o niños hiperactivos también pueden desarrollar una conducta agresiva, aunque en estos casos se trata de agresiones que se llevan a cabo de forma impulsiva, es decir, no premeditada. Son conductas compulsivas que ejercen de forma inevitable como consecuencia del trastorno que padecen. En estos casos, la persona sobre la que muestran más hostilidad es precisamente la más querida para ellos y no suele haber desencadenante o estímulo que la justifique.
Solución: el niño hiperactivo ha de ser diagnosticado y seguido por un neuropsiquiatra o un psicólogo infantil. Además, los padres han de aprender a gestionar y canalizar la energía de sus hijos, nunca con gritos, reproches constantes y castigos. Aprender técnicas para aprender a controlar la impulsividad de los niños y a gestionar su conducta, es fundamental.


6. Niños que están sobreprotegidos y agresividad

Causa: también se pueden producir conductas agresivas durante la infancia en niños especialmente sobreprotegidos. Cuando unos padres están demasiado pendientes de su hijo, y viven constantemente con miedo a que le pueda ocurrir alguna desgracia, impidiendo que juegue o se relacione de una forma normal con los demás niños, se puede producir una situación en la que el niño reaccione ante toda la lista de prohibiciones que tiene, de forma agresiva.
Solución: si supiéramos lo importante que es para el desarrollo de su personalidad que los niños logren hacer las cosas sin ayuda, les dejaríamos actuar solos en más ocasiones. Es normal que el niño cometa errores, pero no nos anticipemos para evitar el tropiezo. Debemos protegerle de los peligros verdaderos, pero sin llegar al extremo de convertirle en una persona débil y temerosa.


7. Niños consentidos

Causa: cuando los padres ceden ante las demandas y caprichos de sus hijos de forma constante y recurrente, el niño puede comportarse de forma tirana con ellos y actúa de forma violenta si en algún momento se intenta poner freno a esos caprichos. En estos casos no se dan las circunstancias de la privación afectiva, sino todo lo contrario las conductas agresivas surgen como consecuencia de la intolerancia a las frustraciones.
Solución: complacer a los niños en todos sus deseos y peticiones no les hará más felices, debemos tener claro este punto. Los niños necesitan encontrarse con un NO razonable y razonado si es que el momento y la situación lo precisan. Debemos además, mantener nuestra posición y no ceder más adelante, puede negociarse algo, pero no la totalidad haciendo que el niño consiga siempre lo que desea.


8. Falta de límites y normas

Causa: la disciplina, las normas y límites ayudan al niño a saber lo que está bien y o que está mal. Cuando no existen estas normas, el niño se vuelve nervioso y tendrá una mala conducta. De forma inconsciente busca conseguir esos los límites pues sabe que él es incapaz de establecerlos por sí mismo.
Solución: los padres han de estar de acuerdo sobre el modelo educativo que quieren seguir para evitar la confusión del niño. Además, la vida del niño debe tener unos horarios, unas normas y unas rutinas para que sepa qué es lo que se espera de él o e ella en cada momento. Es fundamental explicarle qué está bien y qué está mal para que pueda elegir la mejor conducta a seguir.


9. Trastornos del estado de ánimo

Causa: algunos de los niños afectados padecen problemas de autoestima, rechazo, así como miedos y depresión. Solo encuentran la forma de liberarse de sus emociones negativas de forma hostil.
Solución: igual que en los adultos, no se puede subestimar los problemas de salud mental en la infancia. Estos niños necesitan un tratamiento especializado y pueden recuperarse si lo reciben.

Bibliografía: 
Fuente: conmishijos

Trastorno Específico del Lenguaje: causas, tipos y síntomas



¿Qué es el trastorno específico del lenguaje?

El trastorno específico del lenguaje, TEL (Specific Language Impairment, SLI) es un trastorno que retrasa la adquisición del lenguaje en niños que no tienen pérdida de audición ni ninguna otra causa de retraso en su desarrollo. El trastorno específico del lenguaje también se conoce como trastorno del desarrollo del lenguaje, retraso en el lenguaje o disfasia de desarrollo. Es una de las discapacidades del aprendizaje más comunes durante la niñez, que afecta aproximadamente del 7 al 8 por ciento de los niños en el jardín de infancia. El impacto del TEL persiste en la edad adulta.

Causas

Para la mayoría de los bebés y niños, el lenguaje se desarrolla de manera natural comenzando en el nacimiento. Para desarrollar el lenguaje, un niño debe ser capaz de oír, ver, entender y recordar. Los niños también deben tener la capacidad física para formar el discurso.

Hasta 1 de cada 20 niños tiene síntomas de un trastorno del lenguaje. Cuando la causa se desconoce, se denomina trastorno del desarrollo del lenguaje.

Los problemas con las habilidades lingüísticas receptivas comienzan generalmente antes de los 4 años de edad. Algunos trastornos del lenguaje mixtos son ocasionados por una lesión cerebral. Estas afecciones algunas veces se diagnostican de manera errónea como trastornos del desarrollo.

Los trastornos del lenguaje pueden ocurrir en niños con otros problemas del desarrollo, trastornos del espectro autista, pérdida de la audición y dificultades de aprendizaje. Un trastorno del lenguaje también puede ser causado por daño al sistema nervioso central, el cual se denomina afasia.

Los trastornos del lenguaje en raras ocasiones son causados por falta de inteligencia.

Los trastornos del lenguaje son diferentes al retraso en el lenguaje. Con este último, el niño desarrolla el habla y el lenguaje de la misma manera que otros niños, pero posteriormente. En los trastornos del lenguaje, el habla y el lenguaje no se desarrollan normalmente. El niño puede tener algunas habilidades del lenguaje, pero no otras. O la manera como estas habilidades se desarrollan será diferente de lo usual.

Tipos

Trastornos primarios: cuando la grave alteración del lenguaje o presencia de retraso en el lenguaje no puede ser explicada por otra patología más grave como por ejemplo: sordera, discapacidad intelectual.
Trastorno específico del lenguaje (TEL)

Disfasia

Retrasos del lenguaje

Trastornos secundarios: cuando forman parte de otra patología o cuadro de base, siendo las alteraciones lingüísticas uno de los síntomas del mismo, como por ejemplo, hipoacusias, autismo, parálisis cerebral, y otros.

Hipoacusia

Retraso mental

Alteraciones neurológicas (PCI y otras encefalopatías)

Disartria del desarrollo

Alteraciones psiquiátricas

TEA

Trastornos ya adquiridos

Afasia infantil

Afasia del adulto

Asociados a síndromes psiquiátricos (Esquizoafasia)

Asociados a deterioro neuropsicológico (Demencias)

Síntomas

Un niño con trastorno del lenguaje puede tener uno o dos de los síntomas de la lista de abajo o muchos de los síntomas. Pueden ir de leves a graves.

Los niños con un trastorno del lenguaje receptivo tienen dificultad para entender el lenguaje. Ellos pueden tener:

Dificultad para entender lo que otras personas han dicho

Problemas para seguir instrucciones que se les dicen

Problemas para organizar sus pensamientos

Los niños con un trastorno del lenguaje expresivo tienen problemas con el uso del lenguaje para expresar lo que están pensando o necesitan. Estos niños pueden:

Tener dificultad para juntar las palabras en oraciones o sus oraciones pueden ser simples y cortas y el orden de las palabras puede estar errado
Tener dificultad para encontrar las palabras correctas al hablar y con frecuencia usar muletillas como «um»
Tener un vocabulario que está por debajo del nivel de otros niños de la misma edad

Dejar palabras por fuera de las oraciones al hablar
Usar ciertas frases una y otra vez, y repetir (eco) partes o todas las preguntas

Emplear tiempos (pasado, presente, futuro) inadecuadamente

Debido a sus problemas del lenguaje, estos niños pueden tener dificultad en ambientes sociales. A veces, los trastornos del lenguaje pueden ser parte de la causa de problemas conductuales serios.

Diferencias entre Psicología y Psiquiatria






¿En qué se parecen?

El psicólogo y el psiquiatra son especialistas en la rama de la psicología, que es una ciencia que estudia el comportamiento, las emociones y la forma de pensar de las personas. Los comportamientos que se saltan lo “normal” se califican como enfermedades o trastornos. Cada uno de estos padecimientos tienen distintos niveles de severidad y en los casos más severos se debe acudir a uno de ellos.

Por ejemplo, existe la tristeza que es un sentimiento que experimentamos todos alguna vez en la vida. Pero si esa tristeza se volviera crónica y empezará a afectar a nuestra vida cotidiana, ¿Tú con quién irías, con el psicólogo o con el psiquiatra?

¿Qué es un psicólogo?

El psicólogo es un especialista del área de la psicología que estudia una licenciatura en psicología y ejerce como profesional de la misma. Las carreras de psicologías duran entre 4 y 5 años aproximadamente, aunque después se pueden especializar en otros campos que les permitan obtener más conocimientos o ejercer otra profesión.

Los psicólogos dedicados al área clínica por término general ofrecen consultas a personas con problemas emocionales o de comportamiento. Esto siempre que las personas que requieran de sus servicios no necesiten alguna prescripción médica para tratar una enfermedad porque NO pueden dar recetas médicas.

Utilizan técnicas y ejercicios que permiten ir rehabilitando conductas, pensamientos o emociones perjudiciales y modifica todas aquellas variables psicológicas que puedan influir en mantener la enfermedad. También analiza el entorno social y emocional del paciente, intentado eliminar todo lo que pueda favorecer o mantener la patología presentada.

¿Qué es un psiquiatra?

El psiquiatra es una persona que estudia la carrera completa de medicina, con una duración media de 6 años, y posteriormente hace una especialidad en psiquiatría.

Se encarga de diagnosticar y tratar las enfermedades mentales abordándolos prioritariamente desde su parte fisiológica prescribiendo medicación a fin de equilibrar la bioquímica del cerebro y reparar o compensar la fisiología que esté deteriorada, teniendo siempre en cuenta las variables psicológicas que hay que abordar para el completo restablecimiento del paciente. El que pueda dar medicamentos se debe a que el psiquiatra, como ya dije antes, cursa medicina.

Diferencias:

Si no habéis deducido las diferencias mediante lo explicado anteriormente lo resumo.

En el ámbito académico la psicología es una carrera como tal mientras que la psiquiatría depende de cursar la carrera de medicina y después la especialidad en ese ámbito.

Respecto al término laboral el psiquiatra ayuda a personas con trastornos más severos que los de las personas que van a un psicólogo, y pueden recetar medicamentos. Dentro de la psicología hay varias especializaciones posibles y la psiquiatría es una especialización en si.
¿A quién acudo?

En la mayoría de los casos, el psiquiatra y el psicólogo deben trabajar conjuntamente debido a la complejidad del funcionamiento del cerebro y a la cantidad de variables que influyen en el origen y mantenimiento de los problemas psicológicos.

Es muy complejo el recomendarle a una persona a cual debería acudir. Si con las aclaraciones dadas con anterioridad sigues dudando; acudir a tu médico de cabecera, exponerle la situación y atender a su opinión como profesional es mucho más fiable que hacer caso a sugerencias escritas por la web.

Fuente: aprender20.es


 

Cómo ayudar a una persona con ansiedad: 7 consejos sobre qué hacer

 


  Todos o casi todos nos hemos sentido ansiosos en algún momento de nuestra vida. Así pues, sabemos que ese estado de malestar, sensación inquietud, hiperactivación y nerviosismo es altamente punitivo y aversivo, y por lo general es algo que no queremos experimentar.

  Ahora bien, salir de un estado de ansiedad puede no ser tan fácil como parece. De hecho se trata de algo complicado, especialmente si lo que nos da es una crisis de ansiedad. Imaginemos ahora que quien la sufre no somos nosotros, sino otra persona que nos importa. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo ayudar a una persona con ansiedad? Hablemos de ello a lo largo de este artículo lleno de consejos a tener en cuenta.
Ansiedad: ¿qué es?

  Para poder pensar cómo ayudar a una persona con ansiedad primero debemos saber y entender el tipo de situación por el que está pasando. Y es por ello que una breve explicación sobre lo que es la ansiedad puede resultar de utilidad.

  Damos el nombre de ansiedad a un estado de profundo malestar subjetivo de origen emocional caracterizado por la presencia de un fuerte afecto negativo juntamente con un alto nivel de actividad o activación fisiológica, lo que a su vez tiene un efecto sobre la conducta.

  Estamos ante un estado que suele definirse como una reacción aprensiva que aparece sin necesidad de que exista una situación amenazante en la actualidad, pero que sí tiende a vincularse a la anticipación de una amenaza futura o a un desbordamiento o incapacidad para hacer frente a las demandas ambientales, si bien no siempre se es consciente de su origen.

  Es importante tener en cuenta que en la ansiedad existe una interacción entre un componente subjetivo o cognitivo-emocional, el cual permite percibir las emociones y el estado de malestar, un componente biológico o fisiológico en el que la afectación emocional genera una serie de síntomas físicos (siendo los más habituales las palpitaciones, taquicardias y las aceleraciones del ritmo respiratorio, aunque pueden existir otras como dolor, boca seca, sudor o temblores) y por último un componente conductual que incluye el conjunto de acciones que se llevan a cabo en dicho estado.
Las crisis de ansiedad

  La existencia de cierto nivel de estrés y ansiedad es habitual en nuestra sociedad, pero lo cierto es que a menudo la ansiedad puede llegar a elevarse de tal modo que puede llegar a desbordarnos, a veces incluso de manera sorprendente y sin que haya un aviso previo. Es el caso de lo que nos ocurre cuando tenemos una crisis de ansiedad.

  En estas crisis surge de manera repentina un gran malestar y aparece pánico junto con palpitaciones y taquicardia, sensación de ahogo e hiperventilacion, dolor abdominal o en el pecho, mareos, sudoración, temblores, sensación de estar sufriendo un infarto, estar muriendo, estar enloqueciendo o estar perdiendo el control del propio cuerpo.

  También es habitual que aparezca una sensación de extrañeza e irrealidad, conocida como despersonalización.

  Por eso, a la hora de ayudar a una persona con ansiedad que esté pasando por una etapa con crisis frecuente, es importante saber que hay que intervenir tanto durante estas como cuando no se están produciendo, para prevenirlas.
La ansiedad y los trastornos derivados de ella

  La ansiedad no es una emoción o reacción infrecuente. De hecho la mayor parte de personas ha sentido a lo largo de su vida algún grado de ansiedad, y un elevado porcentaje de la población mundial ha vivido o vivirá a lo largo de su vida alguna crisis de angustia en algún momento.

  Ello no es por sí patológico, pero a veces la persistencia de la ansiedad o su aparición repetida, sea o no ligada a algún tipo de situación o estimulación, puede llegar a volverse un trastorno altamente invalidante. Y de hecho, el conjunto de trastornos de la ansiedad es el tipo de alteración más frecuente que existe, junto con la depresión mayor.

  Son muchos los trastornos de la ansiedad, pero probablemente los más conocidos sean el trastorno de pánico y el trastorno por ansiedad generalizada.

  En el primero el sujeto sufre de manera repetida varios episodios de crisis de ansiedad, cosa que genera la aparición de ansiedad anticipatoria ante la posible aparición de una nueva crisis la cual por lo general le lleva a cambiar su forma de vida e incluso a evitar exponerse a situaciones habituales en la que considera que podría volver a experimentarlas.

  En el trastorno por ansiedad generalizada aparecen síntomas como inquietud, fatiga, irritabilidad, tensión, problemas de sueño e incapacidad para relajarse derivados de la existencia de ansiedad ante preocupaciones sobre múltiples aspectos de la vida o incluso ante una preocupación inespecífica y general continuada.

  Además de estos, otros trastornos como el conjunto de las fobias también se vinculan con la ansiedad, así como otras alteraciones como los trastornos obsesivos.

  Asimismo en la depresión, el trastorno bipolar o los trastornos por estrés agudo o estrés postraumático también es habitual. De hecho la ansiedad suele ser habitual en múltiples problemas de tipo psiquiátrico y psicológico.
Cómo ayudar en caso de una crisis de ansiedad

  Tal y como se puede imaginar a partir de su descripción, la crisis de ansiedad o de angustia es un fenómeno muy incapacitante y que tiende a hacer que el foco de atención de quien la sufre se centre en los propios síntomas. Asimismo, es fácil que los síntomas se confundan con los propios de un problema cardíaco, algo que hace que se viva con gran temor.

  Ayudar a una persona en esta situación no es fácil cuando ya estamos inmersos en ella, aunque es posible. ¿Cómo hacerlo?

  La manera de ayudar pasaría por intentar reducir la focalización en el malestar o reducir algunos de los síntomas fisiológicos más controlables, como la respiración. Asimismo, hay que recordar que las crisis de ansiedad suelen tener una duración relativamente corta, de unos pocos minutos de duración, de manera que terminan por desaparecer por sí solas.

  A continuación veremos algunas pequeñas indicaciones a tener en cuenta si nos encontramos con alguien en plena crisis de ansiedad. Eso sí, es importante tener en cuenta que antes que nada debe descartarse que se trate de un verdadero ataque cardíaco.

1. No le digas que se calme

  Es relativamente frecuente que cuando una persona entra en una crisis de angustia o una crisis de ansiedad, los demás no sepan cómo reaccionar. En este sentido es habitual que le intenten indicar que se calme.

  Este tipo de indicaciones son totalmente contraproducentes: si la persona pudiera calmarse solo con quererlo lo haría de inmediato y no estaría pasando por la crisis. De este modo, animar a una persona con ansiedad a intentar bloquear ese sentimiento la lleva a frustrarse aún más por no poder eliminar inmediatamente esa clase de contenidos mentales.

  Además puede añadirle la carga o tensión que puede sentir el sentirse recriminado por no ser capaz de salir de la situación. Probablemente la reacción no sea positiva, dado que potencia el nerviosismo y la sensación de agobio y ahogo.
2. Déjale espacio, pero ofrece tu ayuda

  La persona que está sufriendo una crisis de ansiedad generalmente se sentirá más seguro si siente que hay alguien cerca que puede ayudarle y atenderle en ese momento.

  Sin embargo, es necesario que disponga de cierto espacio, en el sentido de que no es conveniente que se reúna una gran cantidad de gente a su alrededor ya que facilita el ponerse aún más nervioso (algo que puede pasar, por ejemplo, si nos da en la calle).

3. Ayúdale a centrarse en un estímulo fijo diferente a sus sensaciones de ahogo o sufrimiento

  Quien sufre una crisis de ansiedad está experimentando una serie de síntomas muy intensos en los que por lo general centra la atención.

  Una manera de ayudarles sería intentar hacer que se focalicen en algún tipo de estímulo diferente. En este sentido puede ser de ayuda el intentar que mantengan el contacto ocular contigo, y ayudarles en focalizar la atención en aspectos como tu propia respiración con el fin de imitarla.

  También se les puede intentar distraer de otras maneras, como por ejemplo hablándoles para que se concentren en lo que les estamos diciendo en vez de en los síntomas, si bien esto puede no funcionar.

4. Intenta ayudarle a realizar respiraciones más profundas

  Una de las estrategias que puede ser de utilidad para ayudar a una persona en plena crisis de ansiedad es la de ayudarla a controlar su respiración, dado que en dichas crisis uno de los principales síntomas es la existencia de hiperventilación.

  En este sentido puede ser de utilidad intentar hacer que la otra persona preste atención a tu persona e intentar hacerle una respiración profunda, tanto en inhalación como en exhalación. Si se dispone de ella, también puede ayudar el uso de una bolsa de papel de tal manera que pueda concentrarse en llenarla y vaciarla.

5. No te dejes llevar por el pánico

  Vivir una crisis de ansiedad no es precisamente agradable y genera gran cantidad de sufrimiento, hasta el punto de que la persona puede llegar a sentir estar muriéndose o perdiendo la razón. En esa circunstancia tener al lado a alguien que reacciona con pánico y nerviosismo y sin saber qué hacer ante lo que sucede puede aumentar la propia ansiedad.

   Es por ello que es necesario intentar conservar la calma y actuar con decisión, de manera que la manera de actuar del otro sea un estímulo tranquilizador para quien tiene el ataque.
6. Habla claro y con voz calmada

  A pesar de que la persona en plena crisis de ansiedad puede reaccionar con cierta hostilidad, lo cierto es que el hecho de que les hablen con voz firme y serena y manera clara puede ayudar a rebajar el nivel de activación, especialmente si está procesando y entiendo lo que le decimos.

7. Recuérdale que la ansiedad termina pasando

  Este punto solo es aplicable si la persona ya ha tenido antes otras crisis de ansiedad. Se trata de intentar recordarles que a pesar de que las sensaciones son muy intensas y aversivas, estas crisis no son peligrosas para su vida y que poco a poco sus síntomas van a ir desapareciendo.

  Eso sí, siempre hay que valorar que sea en verdad una crisis de ansiedad, puesto que podríamos estar ante otro tipo de problema.
Cómo ayudar a personas con ansiedad (se llegue o no a padecer un trastorno)

  Apoyar a alguien que está sintiendo cierto nivel de ansiedad requiere de una aproximación adecuada a su situación. En primer lugar hay que valorar si existe un porqué de dicha reacción emocional, para poder ir actuando poco a poco para rebajar su nivel de tensión. En este sentido podemos realizar algunas recomendaciones.

1. Anímale a comunicar sus sensaciones

  Muy a menudo sensaciones y emociones consideradas como negativas, como la tristeza o la ansiedad, tienden a ser ocultadas o poco expresadas. Una buena vía para reducir el nivel de tensión de quien está ansioso es permitir que esta emoción se exprese de alguna manera. En este sentido puede ser de utilidad hablar con él o ella respecto a su situación.

2. Actividades expresivas y liberadoras de energía

  Probablemente cuando hemos estado ansiosos una de las maneras de reducir este malestar ha sido la de hacer algo que nos permita desfogarnos. Ello también puede servir para que otros lo hagan.

  Entre las diferentes actividades a realizar destacan aquellos que permitan descargar de verdad nuestros instintos, como por ejemplo la realización de ejercicios, la práctica del boxeo, cantar, gritar o bailar. También puede ser de utilidad escribir o pintar, a poder ser evitando una racionalización excesiva sino dejando que las cosas surjan y fluyan de manera natural.

3. Ayúdale a valorar sus preocupaciones

  Son muchos los aspectos de nuestra vida que nos pueden llegar a generar ansiedad. Sin embargo, en ocasiones la focalización en estos aspectos puede llegar a ser extremadamente desadaptativa y impedirnos un funcionamiento normativo. Puede ser de utilidad contribuir a hacerle valorar sus preocupaciones, así como la manera en que se relaciona con ellas y cómo le afectan.

  Es importante no hacer esto desde la crítica ni disminuyendo la importancia de sus pensamientos (puesto que al fin y al cabo si generan ansiedad es porque le importan), sino de manera reflexiva y proponiendo si realmente la preocupación o evitación de situaciones resulta una ventaja o una desventaja en su día a día.

4. Propón interpretaciones alternativas

  Otro aspecto que puede ser de utilidad y que de hecho es utilizado en terapia es la de proponer buscar interpretaciones alternativas a nuestros pensamientos y preocupaciones, así como a posibles pensamientos perturbadores que nos resulten disfuncionales o especialmente limitadores.

5. Usad técnicas de relajación

  Una de las técnicas más habituales en lo que respecta a la ansiedad son las de relajación, dentro de las cuales destacan las de respiración y las de relajación muscular.

  Este tipo de técnicas nos permiten focalizar la atención en determinadas sensaciones, o bien acostumbrarnos a pasar de estados de tensión a otros de relajación, de tal manera que se disminuye y se previene la posibilidad de sufrir una crisis a la par que se consigue rebajar la actividad nerviosa y tranquilizar al cuerpo y la mente.

  En este sentido es posible indicar la posibilidad de realizar alguna variante de este tipo de técnicas, incluso en grupo.

6. Mindfulness: Atención plena

  Aunque el mindfulness parece la enésima moda en lo que a prácticas de meditación de origen oriental se refiere, lo cierto es que se ha demostrado que esta técnica tiene efectos muy beneficiosos en el tratamiento de la ansiedad.

  A menudo mal denominada técnica de relajación, lo que se pretende con este tipo de metodología es centrarse en el aquí y el ahora, así como observar nuestros pensamientos y sensaciones y permitir que fluyan sin juzgarlos. Es muy útil para ayudar a una persona con ansiedad, y no se requiere de mucho tiempo para aprender sus fundamentos.

7. Recomienda ayuda profesional

  En el caso de que estemos ante un trastorno de ansiedad, estas recomendaciones pueden quedarse algo cortas y suele ser recomendable acudir a ayuda profesional. En este sentido puede ser buena idea intentar ayudar a buscar un psicólogo o recomendar hacerlo, dado que muchas personas pueden no atreverse a dar el paso.

  A lo largo de los procesos de psicoterapia, se trabajan las habilidades psico-emocionales y la generación de hábitos necesarios para regular mejor los procesos de ansiedad. Por ejemplo, se entrena al paciente en técnicas de relajación, se le ayuda a habituarse a determinadas situaciones estresantes, se le ayuda a adoptar una mentalidad constructiva y que no alimente el miedo, etc. De este modo, en cuestión de pocos meses se logran importantes cambios a mejor.

Fuente:psicologiaymente.com

Sé un buen ejemplo


  Omar de cinco años había dibujado toda la pared en su casa, el abstracto dibujo era un regalo para su padre que llevaba varios días de viaje por trabajo.

  Al regresar el padre, encontró a Omar rayando la pared.

  Al observar esto, su padre decidió no regañarlo, al contrario, decidió explicarle desde el amor que amaba sus dibujos y le dijo que le regalaría un cuaderno especial en donde él podría dibujar todo lo que quisiera.

  Le dijo que le dejaría ese regalo como un recuerdo y que cada vez que el tuviera que salir,  le podría hacer un dibujo y mandárselo o esperar a que regresara y dárselo para enmarcarlo y ponerlo en su oficina.

  Le dijo que estaba orgulloso de su talento y de su destreza pero que la próxima vez lo hiciera en el cuaderno y no en la pared porque iba a ser difícil que lo llevara consigo y habría que limpiarlo después.

  Agradeció mucho el regalo y ambos se abrazaron.

  Eres tú  quien decide cómo quieres que te recuerden tus hijos. 

  ¿Qué quieres lograr? ¿Miedo o respeto?

 decide construir,  decide enseñar desde el amor.

  Las paredes siempre se pueden volver a pintar.

Fuente: Aprender para aprender


 

Síndrome de Burnout o Síndrome de la madre agotada


 Cuando una madre está colapsada y siente que se fundió. Cuando ya no tiene energía alguna y siente que está superada por la maternidad, hay que acogerla, contenerla y si se puede, ayudarla.

Este colapso físico y emocional que sí existe y no es un invento o una exageración, tiene nombre:
Se llama Síndrome de burnout (en inglés es “quemado”).  Se ocupa para los profesionales y también para las madres.
Entre sus síntomas están la falta de energía, dificultad para dormir o exceso de sueño, variación en el apetito. Cambios de humor.
Los síntomas se parecen mucho a los de la depresión.
Lo más importante es buscar ayuda y una buena red de apoyo.
La maternidad puede llegar a ser para algunas mujeres extenuante.
Es demasiada la demanda.
No hay descanso para una mamá y por eso es que nos agotamos.
Porque no somos un robot y las pilas se nos funden. Somos madres, profesionales, trabajadoras, amantes, amigas, hijas. La presión sobre nosotras es mucha sobre todo hoy en día la presión sobre las madres es inmensa. Y siempre tratamos de no fallarle a nadie.
La semana pasada me encontré con una amiga que no veía hacía tiempo.
Me contó que venía saliendo del psicólogo porque está colapsada.
Su hija de tres años despierta a cada rato por las noches y la situación la tiene desesperada.
Su cara estaba demacrada. Ojeroza.
Daba pena.
Mi amiga estaba superada por la realidad de tener dos pequeñas, más un marido. Más un trabajo.
Es duro.
Funcionamos en piloto automático y le damos para adelante porque no tenemos opción.
No podemos renunciar.
El estrés en las madres es normal.
Estar agotada es normal.
Querer dormir una semana entera es normal.
Y es que la falta de sueño pasa la cuenta física y emocionalmente hablando.
No hay nadie que resista durmiendo a sobresaltos y cinco horas diarias. Con suerte.
Es terrible.
Nos sentimos cansadas. Irritables. Sentimentales.
Nos enojamos con facilidad.
Lloramos con facilidad.
No hay madre en el mundo que no haya pasado por esto.
Por el síndrome de la madre agotada.
Ser madre es un trabajo 24/7 sin parar.
Y agota física y emocionalmente. Pero son nuestros propios hijos los que nos dan la energía para seguir funcionando porque al final del día, todo lo que hacemos lo hacemos por ellos. Y también por nosotras, no nos olvidemos de nosotras.

Constanza Díaz